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El fútbol se bautizo con un nombre que venia de lejos, de la tierra de la raza aborigen: Olímpia. Después, como para reinvindicar autenticidad de raza, irrumpió otro, con nominación de sangre aborigen, de raíz vernácula, de sabia matricia: Guaraní. Tenía en sus nombres, toda la fortaleza, la reciendumbre de la estirpe. Duros como los quebrachos de sus selvas, su porta estandartes, entraron de lleno en la escena de la lucha. Allí se quedaron para acumular laureles, modelar triunfos y enaltecer su bandera aurinegra. Así, Guaraní, el viejo indio, surgió en cinclado, para afirmación de la raza. Desde entonces su pabellón conoció todos los vientos. Esos que levantan y enaltécen. Esos que agitan y agitaban. Y esos otros también, fríos, que cortan carne y arrancan sangre. Pero, en todas las alternativas, en las horas mas dispares, en los minutos mas contradictorios, Guaraní supo ser digno del nombre que lleva. Como el indio del génesis, se erguía callado, pero altivo y soberbio. Por eso hasta en las derrotas, sabia ser grande e inhiesto. Muchos grandes jugadores pasaron por su historia. Torres, aquel arquero que pareció clausurar la boca de los arcos para que no se pronunciaran la palabra de reveses. Marengo y Paredes, era un binomio que dialogaba, domingo tras domingo, con el aplauso y la admiración. Duarte, Eusebio Díaz y Centurión Miranda, formaban un tríptico que solía arrancar sombreros de las tribunas, de tantas proezas que realizaban. Era un trío por el que no pasarían ni las modernas fuerzas motorizadas. En la delantera Luis Fretes, Vicente Perito, Ildefonso López, Alberto Gustale y Taní Idoyaga, eran nombres sagrados que encendían fuego en las gargantas, en las fiestas del gol y de la bambeta. Citarlos a todos resulta tarea imposible de realizar, la lista sería tan larga, como una historia que no concluye nunca. Pero ellos son síntesis, esencia y dimensión del club. Son los que condensan la multitud de ídolos que vistieron esa casaca tan famosa de colores oro y negro. Ellos son de la astilla de esa vieja madera de quebracho colorado, que representa, toda la fortaleza de la raza. Toda la granítica reciendumbre de ese indio que sabe ser integro hasta en la hora amarga de la derrota. Porque es poderosa, con raiz hundida en el suelo. Igual que el club que lleva su glorioso nombre. El viejo y noble indio de las canchas paraguayas. Atilio Morales Extraido de "Legendario Guaraní. Algo de su historia, Acecdotas. Importancia y repercución de una revolución económica" del Dr. Francisco J.E.J. Pecci Manzoni.
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